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Ranchón a pedir de boca en Morón

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En registros oficiales aparece con un nombre capaz de “atrapar” a quienes aman esas instalaciones hechas a la medida del sosiego y de la recreación sana: Ranchón La Boca. Pero la sabiduría popular, tan caprichosa como ocurrente, ha terminado bautizando a este lugar como El pescado frito. Y no es difícil suponer por qué.
Para encontrarlo, las personas toman el sendero que conduce hacia la Laguna de la Leche, en el norteño municipio de Morón, provincia de Ciego de Ávila. Y, justamente donde abre su boca el canal en dirección al Embarcadero, se asienta el Ranchón, con criollas construcciones bañadas por una brisa marina que no tiene precio ni cobra entrada, como sí lo hará Yoel Hernández Crespo, tal vez, el único “remero” en toda Cuba que no usa remo a bordo del bote, para avanzar, sino la destreza de sus manos, asidas a una cuerda que enlaza ambas riberas.
Perteneciente al sector del comercio y la gastronomía, el Ranchón ha venido ofreciendo servicios, de martes a domingo, a lo largo de 27 calendarios en los que, quizás con más “suerte”, acaso con más promoción, el restaurante La Atarraya (en la propia Laguna) parece seguir acaparando mayor interés entre pobladores y visitantes.
—No entiendo por qué –le digo a Maray Martín LLeó, la administradora– si este lugar está, sin duda alguna, como para pedir de boca.
“Porque aquí no solo tratamos de ofrecer el mejor servicio, de manera que quien llegue se sienta satisfecho con la atención. El cliente agradece la variedad de platos que podemos elaborar, empezando por el pescado frito, o los calienticos de pescado, hasta el bistec de res, de cerdo, el lomo ahumado, las chuletas o la tocineta, al carbón, del mismo modo que los arroces, todo lo cual nos da un toque distintivo.
“Y a ello hay que sumarle ese ambiente que puedes ver y respirar: aire fresco, tranquilidad, música adecuada al buen gusto, pelícanos que prácticamente vienen a comer a tus manos, gaviotas sobrevolando las aguas, vegetación costera…”
Con razón, un ciudadano inglés, retirado de la marina, a quien allí conocen como Jeffrey o “Yef”, suele bajar del bote, inhalar una estiba de aire puro y caminar por la pasarela, tocando a intervalos cada detalle, hasta llegar al caney de la izquierda, donde se instala como todo un soberano, a pescar con su varita y a soltar los mismos peces que captura, en un placentero ejercicio que le ocupa todo el día, mientras degusta calienticos, algún que otro refrigerio y pescado frito, a gusto de cantidad y calidad.
No es el único visitante extranjero que ha descubierto a este cálido espacio. Otro británico, a quien llaman Luigi, también figura entre los adeptos al lugar, del mismo modo que especialistas chinos inmersos en la construcción de la bioeléctrica, próxima al Central Ciro Redondo, en el municipio homónimo, limítrofe con Morón.
Apenas nueve trabajadores (jóvenes cinco de ellos) tienen a su cargo todas las labores que genera o demanda la instalación, incluido el trasiego y descarga de abastecimientos, que bien pudieran acceder por el puente, si no estuviera destruido, y que llegan a bordo del bote, con el concurso de todos.
Ese sentido de pertenencia, la familiaridad que signa al pequeño colectivo es, a su vez, otra de las razones por las que muchas personas prefieren sorprender a su familia con una visita a estos caneyes, donde siempre hay espacio y el tiempo no es problema cuando de atender bien a los demás se trata.

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